Cómo poner límites con respeto y empatía
- Esther Bogajo

- 16 ene
- 2 Min. de lectura
Decir “no” puede ser una de las tareas más difíciles en nuestras relaciones. Muchas veces sentimos miedo a decepcionar, culpa por priorizarnos o vergüenza de no “ser suficientes”.
Sin embargo, aprender a poner límites es un acto de autocuidado y, al mismo tiempo, de respeto hacia los demás.
Escuchar lo que pasa dentro de ti
Cuando alguien te pide algo y no sabes cómo responder, suele aparecer un diálogo interno:
Una parte de ti quiere decir que sí, para no herir ni generar conflicto.
Otra parte está cansada y necesita descansar.
Tal vez otra siente culpa solo por pensar en negarse.
La clave está en detenerte un momento, respirar y escuchar qué necesita realmente tu interior, sin juzgarte.
Poner atención en el cuerpo
No siempre es fácil identificar qué emoción sentimos. A veces lo primero que notamos es una sensación corporal:
Un nudo en la garganta.
Presión en el pecho.
Tensión en los hombros.
Calor en la cara o las manos.
Estas señales son pistas, si te paras a sentirlas, puedes preguntarte:“¿Qué emoción podría estar detrás de esta sensación?” De esta forma, el cuerpo se convierte en una guía para reconocer lo que necesitas.
Reconocer la emoción que aparece
Cuando intentamos marcar un límite, casi siempre se activa alguna emoción fuerte: miedo a perder la relación, rabia por sentirnos invadidos, culpa por no estar disponibles.
Ponerle nombre a la emoción ayuda a bajar la intensidad. Puedes decirte:
“Esto que estoy sintiendo es miedo, no significa que deba decir que sí.”
“Esto que estoy sintiendo es culpa, pero cuidar de mí también es válido.”
Responder con claridad y cuidado
Una vez que escuchas lo que necesitas y reconoces la emoción que aparece, puedes responder con respeto, sin herir ni reprimirte.
Ejemplo: “Te aprecio mucho y me encantaría ayudarte, pero ahora necesito descansar. ¿Lo vemos mañana?”
Con esta respuesta estás diciendo “no” a la petición, pero “sí” a la relación y a tu propio bienestar.
Poner límites no significa alejarse, sino acercarse de una manera más auténtica.
Escuchas tu mundo interno.
Atiendes a las sensaciones de tu cuerpo.
Reconoces la emoción que surge.
Respondes desde la calma y la compasión.





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